martes, 14 de febrero de 2017

EL CIELO DE LOS MUERCIELAGOS

Los padres de Gabriel están atravesando un difícil momento económico: el padre cerrará el taller a causa de la importación de bobinas coreanas y en casa de Marisa sucede otro tanto, están “hasta el cuello de deudas”. Este es el nudo a partir del cual se irá desarrollando la historia de estos dos chicos que, con la ayuda de otros amigos del barrio y de Rolando, un amigo de Gabriel que “tenía más de cincuenta años”, buscarán a través de un conjuro mágico que les da la bruja Sara, la solución para sus familias. Este comienzo, que pareciera pertenecer al género fantástico, nos sorprende mostrándonos la más cruda realidad instalada por la última dictadura militar pero sin recurrir al panfleto, sino de manera tangencial, mediante pasajes instalados en los distintos capítulos que son a la vez una metáfora de la adolescencia, con su descubrimiento de nuevas situaciones y su necesidad de enfrentarlas a pesar de los miedos. Si pensamos que la juventud es solo una palabra, como dice Pierre Bordieu, una construcción sociocultural que varía según el momento histórico y la condición social, estos personajes revelan ese momento y un lugar específico, el barrio de Avellaneda, claramente identificable con la clase obrera peronista. Mediante un lenguaje coloquial y con marcas que nos permiten reconocer a los habitantes más humildes y con mayores urgencias económicas, Gabriel y sus amigos toman conciencia de que el fin no justifica los medios y que, en definitiva, no hay soluciones mágicas a los problemas de los hombres. No es en vano el epígrafe colocado por el autor, perteneciente a su abuelo Ramos: la patria del hombre es su moral.

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